No creo demasiado en la patria. Lo digo sin provocación y sin culpa. Viví en varios países, me acogieron mejor en unos y peor en otros, y con los años entendí algo simple: la tierra donde uno nace es un accidente, no un mérito. Vivir en otro país —no vacacionar, vivir— es lo que te abre los ojos: del otro lado de la frontera hay gente igual que uno, con los mismos miedos y las mismas ganas, y la idea del vecino-enemigo se revela por lo que es, un invento útil para otros. Por eso desconfío de esa palabra —patria— cuando sale de la boca de un dirigente: casi siempre que la pronuncia con solemnidad, atrás viene un pedido de obediencia, de sacrificio y, tarde o temprano, de sangre.
Durante mucho tiempo pensé que era una impresión mía. Después entendí algo incómodo: no somos tan dueños de esa reacción como creemos. En buena medida, al ser humano lo maneja un instinto de guerra que trae puesto desde la caverna. Y la ciencia lo viene mostrando hace décadas.
Estamos programados para dividir el mundo en «nosotros» y «ellos». No es una opinión: es uno de los hallazgos más robustos de la psicología social. En los años cincuenta, Muzafer Sherif llevó a veintidós chicos de once y doce años a un campamento en Robbers Cave, Oklahoma, y los separó en dos grupos. En pocos días, sin ninguna diferencia real entre ellos, los chicos habían inventado banderas, nombres, lealtades y —apenas apareció la competencia— un desprecio activo hacia el otro grupo: insultos, peleas, incursiones nocturnas. Bastó trazar una línea.
Años más tarde, Henri Tajfel fue todavía más lejos con sus «grupos mínimos»: dividió personas al azar, por preferencias tan triviales como un cuadro abstracto, y aun así empezaban a favorecer a los suyos y a castigar a los otros. Sin historia, sin rencor, sin motivo. La sola existencia de un «ellos» alcanzaba.
Lo notable es que esto no vive solo en la cultura: vive en el cuerpo. En 2010, el psicólogo Carsten De Dreu publicó en la revista Science un experimento que incomodó a muchos. La oxitocina —la hormona que solemos llamar «del amor» o «del apego»— no nos hace buenos con todos: nos hace leales a los nuestros. Las personas a las que se les administraba oxitocina se volvían más cooperativas y protectoras hacia su propio grupo, y más propensas a la desconfianza y a la agresión defensiva hacia el de afuera. De Dreu lo llamó altruismo parroquial: nos sacrificamos por los nuestros y, en el mismo gesto, nos armamos contra los demás. El amor a la tribu y la hostilidad al extraño son, biológicamente, la misma moneda.
Tiene sentido evolutivo. Durante cientos de miles de años, el forastero podía ser una amenaza literal: competencia por la comida, el agua, el territorio. El cerebro que sobrevivió fue el que reaccionó rápido ante el de afuera. Ese reflejo no se apagó con la agricultura, ni con la imprenta, ni con internet. Sigue ahí, dormido, esperando que alguien lo despierte.
En 1932, Albert Einstein le escribió a Sigmund Freud una pregunta angustiada: ¿por qué la guerra? ¿Hay manera de liberar al hombre de ella? La respuesta de Freud fue desoladora y honesta: el ser humano carga una pulsión agresiva, y la civilización no la elimina, apenas la contiene. El etólogo Konrad Lorenz llegaría a conclusiones parecidas estudiando la agresión animal. Y el neurocientífico Robert Sapolsky, ya en nuestro siglo, lo resumió con crudeza: el cerebro humano arma un «nosotros contra ellos» en fracciones de segundo, incluso ante rostros que nunca vio.
La conclusión converge en un punto incómodo: la predisposición está. No la inventaron los dirigentes. Pero sí aprendieron a usarla.
Ahí está el negocio. Un líder no necesita crear el odio: le alcanza con encenderlo. La técnica tiene siglos y no cambia. Se toma un interés concreto —poder, recursos, permanencia— y se lo disfraza de amenaza existencial a la tribu. Se agita una bandera, se entona un himno, se nombra un enemigo. Y de golpe, defender los intereses de unos pocos se siente como defender el hogar de todos. «Por la patria» ha justificado más muertes que cualquier otra frase de la historia.
El siglo XX lo llevó al extremo. Ningún pueblo marcha a la barbarie sin que antes lo convenzan de que es una tribu superior, humillada y amenazada, y de que existe un «ellos» al que hay que eliminar. Primero viene la palabra que deshumaniza; después, con espantosa lógica, la maquinaria de la muerte. Ninguna atrocidad de esa escala empieza con un arma: empieza con un discurso que convierte al vecino en una alimaña.
Y no hay que remontarse tanto. En 1994, en Ruanda, una radio pasó semanas llamando «cucarachas» a los tutsis antes de que empezara la matanza; cuando empezó, la misma emisora dictaba al aire los nombres y las direcciones. En cien días murieron cerca de 800.000 personas, y lo escalofriante es quién las mató: no un ejército extranjero, sino los vecinos de al lado, con machetes, contra gente con la que habían compartido la calle, la escuela, a veces la familia. Un año después, en Srebrenica, en el corazón de Europa, más de 8.000 hombres y niños fueron asesinados por quienes hasta hacía poco eran sus compatriotas. La predisposición a pelear con el de al lado, encendida por quien sabe hacerlo, no necesita siglos: necesita semanas.
Y sigue ocurriendo. No hace falta nombrar a nadie: cada vez que un gobierno envuelve sus intereses en la bandera y ofrece un enemigo del que defenderse, el mecanismo se repite. No es de derecha ni de izquierda. Es más viejo que ambas.
Mientras escribo estas líneas se juega un Mundial de fútbol. Cientos de millones de personas se envuelven en banderas, se pintan la cara, lloran con el himno y sienten, por noventa minutos, que su suerte está atada a la de once desconocidos. Y en su enorme mayoría es hermoso: una fiesta, un ritual pacífico, una forma inofensiva de pertenecer. Por eso mismo el Mundial es la mejor radiografía del instinto: muestra hasta qué punto lo llevamos dentro, con cuánta facilidad se enciende y con cuánta hondura nos conmueve.
El problema es que es el mismo instinto. Cuando no hay guerra, encuentra válvulas más chicas, no por eso menos letales. En 2012, en Port Said, Egipto, setenta y cuatro personas murieron tras un partido de fútbol. En 1985, en el estadio de Heysel, en Bruselas, treinta y nueve hinchas de la Juventus murieron aplastados antes de una final. No fueron guerras: fueron tribus con camiseta en vez de bandera, repitiendo la misma lógica de siempre: los de mi color valen, los del otro no.
Y hay un detalle que lo delata todo: antes de que ruede la pelota, cantamos el himno. El mismo rito que precede a las guerras lo colocamos sobre veintidós jugadores y un balón. Encendemos la liturgia de la nación y después, cuando la tribu se comporta como tribu, pedimos calma y repetimos que «esto no es una batalla, es solo un partido». Pero fuimos nosotros los que lo empezamos como si lo fuera.
No podemos borrar el instinto. Es parte de lo que somos. Pero sí podemos reconocerlo, y ahí está toda la diferencia. George Orwell distinguía el patriotismo —el afecto por un lugar y una forma de vida, que no necesita imponerse a nadie— del nacionalismo, que es hambre de poder disfrazada de amor y que siempre precisa un enemigo. Amar lo propio no obliga a despreciar lo ajeno. Esa frontera lo es todo.
Por eso, cada vez que alguien me ofrece un enemigo con demasiada urgencia, me hago una sola pregunta: ¿quién gana con esta pelea? Casi nunca soy yo. Casi nunca es el que va al frente. Saber que llevamos la tribu adentro no nos vuelve inmunes, pero nos vuelve más difíciles de arrear. Y un pueblo difícil de arrear es, justamente, lo que ningún líder que sueña con su guerra quiere tener enfrente.
Muzafer Sherif, experimento de Robbers Cave y teoría del conflicto realista (1954): simplypsychology.org. Henri Tajfel, paradigma de los grupos mínimos y teoría de la identidad social: en.wikipedia.org.
Carsten K. W. De Dreu et al., «The Neuropeptide Oxytocin Regulates Parochial Altruism in Intergroup Conflict Among Humans», Science (2010): science.org. Sigmund Freud y Albert Einstein, «¿Por qué la guerra?» (1932). George Orwell, «Notes on Nationalism» (1945).
Genocidio de Ruanda (1994): en.wikipedia.org. Masacre de Srebrenica (1995): en.wikipedia.org. Tragedia del estadio de Port Said (2012): en.wikipedia.org. Tragedia de Heysel (1985): en.wikipedia.org.
Reflexión personal de opinión. No representa asesoramiento profesional ni una posición institucional.